Que el hombre vive en la más completa de las
incertidumbres y que el lenguaje no es un instrumento pleno de comunicación,
sino la confirmación de lo primero, da cuenta, a mi entender, Esperando a Godot. “Sólo una cosa es
sabida: esperamos a Godot”. Y si Godot representa una idea sin verificar
sobreviene la duda. Vladimir y Estragón (nuestros héroes) son los elegidos para
experimentar el desasosiego: representan la farsa de la esperanza. Esperan una
razón que les permita creer que en realidad hay cosa segura. Es aquí dónde sobreviene
la fuerza motora de la vida misma, es decir, el impulso vital, que se da casi
por inercia, como otras leyes naturales. Y ni ese único árbol, símbolo de la
tentación de la muerte, impide esa inercia, esa desesperación, la incredulidad,
la negación. Vladimir y Estragón van a intentar, entonces, convencerse de que
hay algo, un árbol, alguien llamado Godot al que tienen que esperar, una
relación de amor, el sexo, las necesidades corporales y, por supuesto, el
lenguaje.
En cuanto al árbol, “sólo el árbol vive”, pero este no
supone más que la entrada a un mundo, otra vez, desconocido. Godot bien podría
ser Pozzo o el muchacho, el mensajero de la postergación (que juntos a Lucky,
el otro personajes de la obra, representan ellos también este sentido de la
duda). El cariño, la aprehensión de Vladimir y Estragón tampoco generan
seguridad: no es más que la necesidad de encontrar, de saberse acompañados en esto de no saber (“Terminaré, sabré si hay
un silencio, no, nunca sabré nada” se expresa Beckett en Textos para nada). Es la relación necesaria, el encuentro con la
naturaleza misma del hombre, la conciencia que se reproduce y se reconoce a si
misma. El sexo se desprende de esta idea: la comunión de los cuerpos, el placer
que alimenta esa fuerza vital que alarga la existencia, u otro de los
pasatiempos en la búsquela de la certeza. Lo es también el lenguaje, pero éste
esta revestido de otras suposiciones, y es aquí donde quizá pueda encontrarse
una certeza.
En una obra cuya acción se desarrolla en el mismo espacio,
en el transcurso de dos atardeceres y representada por dos personajes (cuatro o
cinco, si quieren también contar al resto), en una obra donde la espera de algo
desconocido y postergado es la acción misma, sólo el lenguaje es lo que
revalida la realidad. No el conocimiento, la ciencia, el discurso lógico sino
las palabras simplemente expresadas al azar, de manera inconexa, hacen el
intento por llegar a erigirse como símbolos que permitan al hombre tener un
arraigo, uan cosa cierta. Aquí la gran contradicción: las palabras logran una
certidumbre: la de la incertidumbre.
Se ha dicho y se sigue hablando de la capacidad del
lenguaje de ordenar la realidad, de llevarla a un sistema de categorizaciones y
así explicar la condición humana y lo que lo rodea, es decir, a la realidad
misma. Beckett, en las pocas páginas de Esperando
a Godot, en diálogos irrelevantes, absurdos, caóticos, patéticos, nos
presenta un lenguaje sin contenido aparente, que no estructura ni organiza nada.
Puede pensarse que esto no nos toca a nosotros, seres civilizados dotados de
ideas, conceptos, significados, capacidades y que es relevante sólo para
personajes de la talla de nuestros dos héroes, “pero en este lugar, en este
momento, la humanidad somos nosotros” dice Vladimir, frente a Pozzo que ha
dejado de pedir ayuda porque perdió la esperanza. “¿Quiénes son ustedes?”
pregunta este último, a lo que Vladimir responde “somos hombres” y se sigue un
silencio. Y el hombre estalla en palabras, y los conflictos se evidencian: las
palabras nunca dicen lo que queremos expresar. El lenguaje no funciona como un
elemento de la comunicación humana sino que por el contrario genera más
soledad. La comunicación, en este punto, deja de ser un problema. Frente a las
dificultades que impone la vida, y hago hincapié en la vicisitud de nuestros héroes,
desde el atardecer o el amanecer, desde el sueño o la vigilia, desde la verdad
o la mentira, el lenguaje se presenta pero no para explicar, sino para caer con
toda su fuerza y señalar lo acertado de toda cavilación que ponga en relación
la existencia humana con el absurdo. Las palabras confirman el caos, el
sinsentido. La verdad del lenguaje no hay que buscarla en el significado que dice contener, sino en su carácter justificador de la realidad.
Lucky no habla, es un hombre esclavizado, llevado a la
animalización extrema por su amo Pozzo. Éste le pide que piense (“¡Piensa,
cerdo!”) y Lucky rompe a hablar en un monólogo que parece asemejarse al origen
y al final del universo mismo. Es la gran explosión, el caos fundacional. Es
incoherente, repetitivo, tartamudea, eleva la voz, baja el tono, enfatiza,
grita, murmura. A Vladimir y Estragón se les hace doloroso seguir escuchando;
intentan acallarlo, forcejean con él, le quitan el sombrero “así no piensa”. Se
sucede un gran silencio. Escuchar,
leer ese monólogo es la confirmación misma del lenguaje, de lo que el lenguaje
representa, de su nexo con la realidad humana. Y sí, es patético. Es la
desesperación pasiva, cómo define Beckett (cito otra vez Textos para nada, VIII): “las pausas serán pues más largas, entre
las palabras, las frases, las silabas, las lágrimas, las confundo, palabras y
lágrimas, mis palabras son mis lágrimas, mis ojos mi boca.” Habla la
existencia, no la razón. Y es que cuanto más se aleja el lenguaje de su
verdadero significado es porque el hombre intenta atiborrarla de sentido
construido de manera lógica, artificial. La explicación de fenómenos no se da
por medio del lenguaje, sino que se ve confirmada por éste. La intuición, la
individualidad, la situación, en suma, la condición
es lo que une a Estragón con Vladimir, a Pozzo con Lucky. Ellos no intentan
llevar a las palabras a un plano lógico; son para ellos juegos para pasar el
tiempo, para hacerlo mensurable, es un poner algo dentro de la nada, caos al
caos. Es así como el lenguaje refiere al absurdo, al fin de la razón (o, al
menos, a su desenmascaramiento), al renunciamiento de todo entendimiento, a la
aceptación de la incertidumbre, “pues es el fin quien lo da, significado a las
palabras”. Beckett expresará a su vez una característica esencial de la palabra:
su belleza completamente negativa, por medio de la cual se niega constantemente
a sí misma; es en esa negación incesante en donde puede encontrarse la esencia
del lenguaje, su sentido confirmador, puesto que es posible (y la posibilidad
también es contradicción por
el simple hecho de que implica una imposibilidad) concebir
un acontecimiento que se presenta sólo para ser negado y así adquirir
significado. El lenguaje es símbolo, de manera tal que ocupa un lugar atribuido
a otra cosa, es decir, tiene una referencia, una imagen negativa, es decir, que
incluye o contiene negación o contradicción (según la RAE ) o bien “que ofrece invertidos
los claros y oscuros, o los colores complementarios de aquello que reproduce”.
Pero también son símbolos de sí mismas, se intercambian, tienen un carácter
autoreferencial, están aludiendo a y en lugar de sí mismas; son su propio
negativo. Es entonces cuando el lenguaje
adquiere ese valor simbólico que le atribuye Beckett y los actos humanos dejan
de corresponderse con las palabras, pues no es a aquellos a los que hace
referencia el lenguaje: “¿Qué? ¿Vamos?” dice Vladimir, “Vamos” dice Estragón.
Pero ellos no se mueven y cae el último telón.



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