Que el hombre vive en la más completa de las
incertidumbres y que el lenguaje no es un instrumento pleno de comunicación,
sino la confirmación de lo primero, da cuenta, a mi entender, Esperando a Godot. “Sólo una cosa es
sabida: esperamos a Godot”. Y si Godot representa una idea sin verificar
sobreviene la duda. Vladimir y Estragón (nuestros héroes) son los elegidos para
experimentar el desasosiego: representan la farsa de la esperanza. Esperan una
razón que les permita creer que en realidad hay cosa segura. Es aquí dónde sobreviene
la fuerza motora de la vida misma, es decir, el impulso vital, que se da casi
por inercia, como otras leyes naturales. Y ni ese único árbol, símbolo de la
tentación de la muerte, impide esa inercia, esa desesperación, la incredulidad,
la negación. Vladimir y Estragón van a intentar, entonces, convencerse de que
hay algo, un árbol, alguien llamado Godot al que tienen que esperar, una
relación de amor, el sexo, las necesidades corporales y, por supuesto, el
lenguaje.
