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miércoles, 11 de febrero de 2015

Esperando a Godot y la palabra justificadora.





Que el hombre vive en la más completa de las incertidumbres y que el lenguaje no es un instrumento pleno de comunicación, sino la confirmación de lo primero, da cuenta, a mi entender, Esperando a Godot. “Sólo una cosa es sabida: esperamos a Godot”. Y si Godot representa una idea sin verificar sobreviene la duda. Vladimir y Estragón (nuestros héroes) son los elegidos para experimentar el desasosiego: representan la farsa de la esperanza. Esperan una razón que les permita creer que en realidad hay cosa segura. Es aquí dónde sobreviene la fuerza motora de la vida misma, es decir, el impulso vital, que se da casi por inercia, como otras leyes naturales. Y ni ese único árbol, símbolo de la tentación de la muerte, impide esa inercia, esa desesperación, la incredulidad, la negación. Vladimir y Estragón van a intentar, entonces, convencerse de que hay algo, un árbol, alguien llamado Godot al que tienen que esperar, una relación de amor, el sexo, las necesidades corporales y, por supuesto, el lenguaje.