Lenguaje y ontología en los sofistas
No
eran pocas las disciplinas por las que se interesaron los sofistas: a las humanísticas
y sociales (centradas en la profesionalización de la enseñanza y en el interés
puesto por las manifestaciones políticas del s. V, como las asambleas y los
juicios) se agregan las filosóficas y lingüísticas.
Es
posible afirmar que la filosofía del lenguaje es la que atraviesa a todas las
demás. La ciencia del discurso es vista por los sofistas como una ciencia
universal puesto que el discurso ofrece todo su potencial al hombre para que
sus capacidades se vean explotadas, a la vez que todo saber particular gira
alrededor de la esfera del lenguaje. Y
no se trata del lenguaje monádico de la cosa en sí, sino más bien del lenguaje
relacional de la adherencia del ser en el discurso. Es, entonces, esta
concepción del discurso, sostenida en base al carácter relativista y
performativo del lenguaje, la que expone a la ontología sofística. Más aún, en
la filosofía del lenguaje de los sofistas se encuentran los principios sobre el
ser, el no ser y el carácter fenomenológico, accidental de la realidad, porque
el discurso y el ser (aunque con diferencias entre uno y otro pensador) son
indisolubles. Es así como se centró la discusión en el dominio de la palabra en
su función realizativa, de tal manera que el interés en el discurso estaba
puesto en su capacidad de hacer cosas y producir efectos persuasivos. La retórica,
entonces, es el ámbito lingüístico en el que se construye el pensamiento de los
sofistas.
En
virtud de esto, se hace necesario analizar en principio la teoría del lenguaje
en el pensamiento de Protágoras, Antístenes y, fundamentalmente, Gorgias.
El
relativismo de Protágoras gira en torno de tres tesis interconectadas: los
principios de antilogía, de homomensura y del discurso débil-fuerte. De la
generalización del lenguaje se desprende la antilogía, que admite que sobre un
tema pueda haber dos discursos diferentes. Protágoras, además, sostuvo que el
hombre es medida de todas las cosas, de tal manera que algo puede tener
cualidades diferentes, dependiendo de la percepción del hombre que contempla o
siente. La realidad, para Protágoras, es múltiple. Por último, afirma que un argumento
débil puede ser fuerte a partir del dominio
del discurso y la habilidad del orador. Al estar relativizada la
relación de correspondencia entre enunciado y hecho, el dominio del lenguaje se
separa de sus posibles contenidos. Vistos sincréticamente, estas tres tesis
relativistas encierran una lógica relacional que, en sentido ontológico,
sustituye en importancia a la preponderancia de la sustancia o la forma; la
realidad y todo lo que hay en ella son fenómenos, cosas que ocurren,
accidentes, sin fundamento sustancial o esencial.
Antístenes sostuvo que no es posible
contradecir ya que hablar significa decir algo, decir algo es decir el ser y
decir el ser es decir verdad, y, por el contrario, lo que no es nadie puede
decirlo, por lo que no es posible mentir; o no se dice nada (lo que no es no es
posible decirlo), o se dice lo que es. De la misma manera, Antístenes afirmó
que toda predicación es tautológica (es la única posible ya que sólo se puede
decir de una cosa lo que ella es, qué es lo que es) y toda definición lleva a una
perífrasis (solo es posible sugerir semejanzas, aproximaciones). La ontología
de Antístenes es, también, nominalista: solo existen las entidades corpóreas
individuales; la esencia está separada de la cualidad.
Esta
adherencia del lenguaje al ser, esta falta de distancia entre la palabra y la
cosa es sostenida además por Gorgias,
que en su tratado Sobre el no-ser
postula tres proposiciones: a) que nada existe, b) que si existiese sería
incognoscible y c) que si fuese cognoscible sería incomunicable. Como se ha dicho,
el lenguaje para los sofistas no interesa en su dimensión comunicativa sino
en su función performativa. En la
comunicación no intervienen cosas sino que se transmiten intereses y opiniones
en busca de adhesión. Lo comunicable no son las cosas ya que el discurso no
revela la naturaleza de éstas sino la suya propia, en cuanto que remite a sí
mismo. No es aceptable, como no lo es que refiera lo que no es, que el discurso
sea lo no ente, sino que es, él mismo, un ser, y de la misma manera que unas
cosas no revelan la naturaleza de las otras cosas, el discurso solo puede
remitir a sí mismo, es decir, a su propio ser. Las palabras no son signos, no
significan: decir esto es afirmar que la palabra está en lugar de otra entidad,
pero la palabra nunca ocupa otro lugar más que el suyo propio. No hay entonces significación
en el discurso. La dificultad surge por la necesidad de considerar la
posibilidad de que los hombres puedan mantener discursos sobre el mismo tema,
es decir, que el discurso pueda tener un sentido para el otro. Este problema es
zanjado por Gorgias a partir del encuentro, que permite que se posea la
percepción de la misma cosa hablada. En suma, en Gorgias lo que se comunica no
es el entre sino el discurso, que es diferente del ente. Se deprende de esto
que el ser sea incomunicable.
Es
posible notar al respecto la diferencia con Antístenes, quien sostenía que el
que dice algo dice lo que es y dice verdad, en base a un naturalismo lingüístico
que expone la total identidad del nombre con la cosa. En Gorgias, como se ha
visto, el discurso no es el discurso del ser, sino el discurso de un ser, el del discurso mismo,
estableciendo convencionalmente la relación que pueda existir por medio del
encuentro, puesto que el discurso es un instrumento de las relaciones
existenciales. Sin embargo, es este un punto de aparente contraposición: tanto Antístenes
como Gorgias parten de la idea de la adherencia del discurso al ser, siendo el ser, en un caso, siendo un ser, en el otro.
Bibliografía consultada
- Melero Bellido, A. Sofistas. Testimonios y fragmentos. Madrid: Gredos, 1996. (DESCARGAR AQUÍ -MEGA-)
- Aubenque, P.: El problema del ser en Aristóteles. Cap. 2. I.I-II. Madrid: Escolar y Mayo, 2008
- Solana Dueso, J. “Sofistas”. En Historia de la filosofía antigua. Madrid: Trotta, 1997.